Cap. 3 - Creo que mi vecino es un reptiliano



Han pasado ya varios días de aquello, y todo sigue igual, me refiero a mi más que probable enajenación mental. A veces tengo momentos más lúcidos y mis niveles de discernimiento es mucho mayor: ¡Cómo coño van a existir los reptilianos! ¿Acaso la gente va por ahí diciendo que los ha visto? En fin, estos instantes en que me río de mí mismo los tengo muy a menudo. Sin embargo, lo peor es cuando estoy solo y viene la noche, que necesito esa basura televisiva para poder evadirme de estos pensamientos que me martirizan. Nunca pensé que los programas basura podrían servirme de antídoto contra mi propia mente.

Me he llevado varios días pensándolo, y al final he decidido invitar a Ernesto a unas cañas en mi apartamento. Quiero que me jure y perjure, por lo que más quiera, que lo que vio fue realmente cierto.

Ayer fue ese día. De modo que, la tarde antes llené el frigorífico de cervezas. Dicen que un borracho cuenta siempre la verdad; y eso fue lo que hice. Pero, para desgracia mía, Ernesto es más de comer que de beber. No obstante, en el mundo existe cierto tipo de personas que no necesitan emborracharse para llegar a eso. Y Ernesto es el mejor ejemplo de ello. A él se le puede contar un secreto que sabes con total seguridad que no te va a fallar jamás. Es como si su mirada te dijera lo transparente que es su alma. Realmente creo que no le haría daño ni a una mosca. En fin, después de zamparse dos sándwich, uno vegetal y otro de atún, ¡con la misma cerveza! Le pregunté y me confesó lo siguiente: «Germán, antes yo tampoco creía en estas “cosas” hasta que lo vi con mis propios ojos. Recuerdo que de pequeño me contaron algo parecido, pero no presté demasiada atención hasta que llegó la adolescencia, que fue cuando comencé a investigar sobre estos temas, simplemente por entretenimiento. Lo sé. Llámame friki si quieres. Al parecer hay gente que se ha tropezado con estos seres, sobre todo en zonas montañosas y de cuevas, aunque en ocasiones también los han visto por la ciudad. Dicen que están entre nosotros y que muchos de los dirigentes más importantes del planeta han sido suplantados por “ellos”. Por supuesto, no creía nada de todo eso, pero me daba cierto regusto pensarlo. Hasta el otro día cuando nos invitaste a ver el partido. Juro que lo vi, y que sentí un miedo terrible. Sin embargo, cada minuto que pasa de aquella experiencia es como si la imagen se diluyera en mi memoria y algo de mi mente me dijera que todo fue fruto de la imaginación. Pero en aquel momento fue tan real como que ahora estoy aquí sentado contigo».

Al final, Ernesto se tomó una segunda cerveza conmigo. Le agradecí toda la información que me proporcionó en un par de horas acerca de estos seres. Parece saber bastante de este asunto. Me pidió que por favor no dijera nada a nadie, que hasta hoy sólo yo sabía su secreto. De todas formas pensé que ¿quién diablos me iba a creer?

De modo que sigo con la misma incógnita: ¿Fue real lo que vio? o ¿simplemente fue fruto de una sugestión producida por su afición a los temas de conspiración? ¡Joder, sin pretenderlo hablo ya como un psicólogo profesional!

Me están llamando al móvil. Es mi madre. Me olvidé que hoy tenía que ir a recoger las cuatro sillas de su salón. Lo ha renovado, y las iba a tirar, de modo que las aprovecharé para mi apartamento. Las mías están hecha polvo, y mi economía está algo tiesa. Así que me vendrán de perlas. Más tarde seguiré escribiendo mi diario.

Ya estoy aquí de nuevo.

A veces las cosas no ocurren porque sí. Creo que debe existir una fuerza inteligente superior, que desconocemos, que hilvana las cosas de manera para que sucedan de forma determinada. Y me refiero a las sillas, ¡las putas sillas! Jajaja, ahora mismo me estoy descojonando. Recuerdo que yo mismo la convencí para que cambiase los muebles viejos. ¡Joder!, tiene pasta para hacer eso y mucho más. Lo cierto es que gracias a la santa de mi madre me he podido costear los estudios, e incluso independizarme. En fin, regresando al tema de las sillas. Las amontono todas en el zaguán de mi portal, para subirlas de golpe en el ascensor. Pero claro, existe otra fuerza mayor que parece entrelazarse con la anterior, me refiero a la puñetera Ley de Murphy. Si existía en todo el año un momento más oportuno en que el ascensor dejase de funcionar ese era el día de hoy. En ese instante de frustración sólo me salían maravillas por la boca. Lo siento, reconozco que soy un mal hablado. Así que no había otra que la de acarrear una a una las cuatro poltronas hasta el último piso, ¡un sexto! Sí, y para colmo son asientos de los de antes. Ya subir la primera me supuso un tremendo esfuerzo. Entonces volví a maldecir por no llamar a mis amigos Edu y Ernesto. ¡Joder, seré gilipollas! De repente, al intentar levantar la segunda, la voz de mi vecino José se restregó por mi nuca. ¡Coño, que susto me llevé! Aún se me ponen los pelos de punta. El caso es que del sobresalto solté el estúpido sillón de tal manera que me hice daño en el tobillo derecho. Al final fue él quien terminó subiendo las tres sillas restantes.

«Un esguince», estas fueron sus parcas palabras, tan escasas y distantes como su relación con un servidor, después de que me examinara el tobillo, cosa que yo no le pedí, por supuesto. Sin embargo, consideró que mis lamentos y mi palidecido rostro merecía tal atención, porque a decir verdad, me dolía a horrores. Cuando sufrí el golpe pude sentir cómo se rompían los ligamentos. Aquí viene lo extraño. Resulta que José, tras quitarme el calcetín, tomó mi tobillo y le hizo un par de movimientos, como si pretendiese oír su interior; y, luego, con ambas manos, durante unos segundos, que a mí me parecieron horas, me lo sujetó de tal forma que sentí arder la zona afectada. Después, con tono cansado se despidió con un: «no ha sido nada».

¿Cómo que no ha sido nada, joder! Conozco perfectamente lo que es un esguince de tobillo de grado dos. Cuando sufres una torcedura de ese tipo, al cabo de una hora se te pone el pie como un melón. Han pasado dos y puedo caminar perfectamente. No tengo dolor alguno, ni molestia, ni síntomas, ni nada por el estilo. Es como si no hubiese ocurrido. No me cabe duda que sus manos sanaron la lesión. Bueno, a pesar de todo, no parece que sea un mal hombre, o lo que quiera Dios que sea.

Continuará...

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