Cap. 8 - Creo que mi vecino es un reptiliano



Recuerdo a mi padre tomar bicarbonato cuando la digestión se le hacía algo pesada. Y sí, tengo que decir que es un producto barato que no falta en mi despensa. En mi caso me ayuda con los ardores de estómago. Reconozco que a veces los fines de semana me paso un poco con las copas. A mis colegas tengo que saber decir ¡basta! Pero no dispongo de la suficiente valentía, ni tampoco de la fuerza de voluntad necesarias. Aunque José, mi vecino, lo hubiese llamado amor propio. Tal vez ahora, que sé todo lo que sé, gracias a él, pueda afrontar mi vida de otra manera.

Sobre la caja de cartón blanco tan solo sobró los restos de un poco de queso fundido. Efectivamente, yo tampoco me lo explico, pero la situación no consiguió quitarme el apetito. Lo cierto es que la pizza estaba realmente buena.

Esta vez, mis ardores aparecieron más tarde, no a causa de la bebida, ni tampoco por la comida, al igual que le ocurría a mi padre, sino más bien por cómo mi estómago y mi cerebro integraron al mismo tiempo todo cuanto estaban recibiendo, para después procesarlo en una digestión anómala y aberrante. ¿Es acaso normal almorzar con un vecino… en fin? Sin embargo, no puedo por menos agradecerle con la naturalidad que hizo de anfitrión. ¡Joder, es que se comportaba conmigo como si fuese su propio sobrino!

Terminando el último bocado traté de hurgar un poco en su pasado. Y le pregunté a qué se dedicaba antes de ser tendero. José se reajustó en la silla. Me dio la impresión de incomodarle la pregunta. Y después de unos segundos algo reflexivo contestó:

—No quería entrar en eso. Pero ya que estás interesado te contestaré. Mi labor era infiltrarme en las capas altas de un partido político, da igual el que sea. Y desde allí escalar posiciones para llegar a ser su mayor representante. A muchos de nosotros nos preparan para ello.

—¿Cuándo dices nosotros, te refieres a…?

—Sí. A nuestra especie reptiliana. Somos fáciles de persuadir ofreciéndonos poder y dinero.

—Pero tú…

—Bueno, mi caso es diferente. Ellos lo llaman una anomalía genética en la raza. Se supone que ciertos genes tienen que ver con el grado de empatía del individuo. Incluso en el caso vuestro, aun siendo humanos, existen individuos que ese tramo de ADN lo tienen muy semejante al nuestro.

Mi gesto era de desconcierto, de no entender muy bien todo aquello. José trató de exponerlo con más detalle:

—Verás, amigo. Tienes que comprender que no existe nadie en este mundo, genéticamente hablando, de raza pura. Se dice que eres reptiliano cuando tus genes reptilianos superan el cincuenta por ciento. Yo lo soy, puesto que alcanzo el sesenta y ocho por ciento. Del mismo modo que se dice que eres humano cuando el porcentaje genético humano supera al reptiliano.

—¡Entonces quieres decir —yo no salía de mi asombro— que todos de alguna forma o de otra somos una mezcla de ambas genéticas!

José meneó afirmativamente la cabeza. Y yo me froté los ojos y la cara con fuerza.

—Esto, muchacho, no es nada nuevo —continuó—. Se llama hibridación. Y viene produciéndose desde la época mesopotámica. La élite lo sabe, al igual que ya han comenzado a tener esta información algunos gobiernos del mundo. Todo está ahí, codificado en tus genes y en los míos. En lo que llaman ADN basura. Cierto es que cuando comenzaron las investigaciones de la genética, al comienzo del pasado siglo, aún no se disponía de dicho conocimiento, pero en la actualidad, la informática avanzada ha conseguido superar ese escollo con relativa facilidad.

—¿Y cómo sabes tú todo esto?

—Digamos que si aceptamos sus honorarios también podemos obtener ciertos privilegios. En este caso información y conocimientos que de otra manera no tendría.

José echó la vista al suelo, como si algo le perturbara.

—Entonces, ¿qué ha sido lo que te ha motivado a salir del sistema? —le pregunté.

—Ja, ja —rió irónicamente—. Nadie puede salir del sistema. Tú estás en el sistema. Yo estoy en el sistema. Todos estamos en el sistema —terminó diciendo amargamente.

—Pero ahora tienes tu pequeño negocio.

—Que ya no trabaje para ellos no significa que no siga estando bajo su supervisión.

—¿Por qué lo dejaste, entonces?

—Ya te lo he dicho. Soy diferente. Una anomalía, según ellos. No entienden que aun conservando cierta pureza de mi raza pueda tener sentimientos parecidos a los humanos. No tardé mucho tiempo en despreciar y aborrecer la forma en como ellos piensan, y por lo tanto en como querían que yo actuase. Mi naturaleza, mi interior me decía que eso no estaba bien.

—Entiendo que ellos son la élite —quise indagar más—, y que superan ese cincuenta por ciento de genética reptiliana.

—No exactamente. También los hay al contrario que yo. Es decir, humanos con una anomalía genética inversa a la mía, que carecen por completo de empatía por el prójimo, y que solo les interesa el dinero y el poder. Para esta gente, lo más importante es lograr escalar posiciones de la forma más rápida y sencilla posible. Éstos, para la élite, son como el parpadeo ámbar de un semáforo. De inmediato son observados, estudiados y luego etiquetados como futuribles asalariados, como lo fui yo. O simplemente como peones destacados del tablero de ajedrez. A veces, siendo estos mismos inconscientes de ello. Te resultaría increíble lo extremadamente fácil que es para la élite obtener información sobre estos casos anómalos. Tú eres psicólogo, y seguramente sabrás que hay que hacer un estudio en profundidad para diagnosticar un caso de psicopatías, ¿no es cierto? Sin embargo, el ADN te ofrece la respuesta de inmediato, con un simple análisis de sangre en un rutinario reconocimiento médico laboral. Estás equivocado, muchacho, cuando piensas que los resultados de esos análisis son confidenciales para el trabajador. Te puedo decir que, desde que los documentos comenzaron a ser digitales, ya nada es confidencial.

José detuvo la conversación, y estuvo un momento sin decir nada. La incomodidad del momento nos obligó a ambos a empinar la lata hasta absorber las últimas gotas de cerveza sin alcohol. Sin embargo, yo no quería que aquello finalizase ahí. Deseaba saber más. Obtener más conocimiento. Entonces, de repente, volvió a revolotear algo por mi cabeza que hacía rato estaba deseando de soltar.

—Si todos en este planeta —rompí el silencio, aún con la lata en la mano—, según tú, en mayor o menor medida, somos el producto de una hibridación, ¿el tema de los extraterrestres es solo fruto de guiones para películas o argumentos de novelas de ciencia ficción?

José dirigió por un segundo la mirada a mis ojos. Tengo que decir que para la intuición soy un verdadero desastre. A veces, me gustaría en este sentido ser como mi madre. No obstante, esta vez fue diferente, porque de manera instantánea supe todo lo que me iba a contestar. Incluso, noté en su rostro un pequeño indicio que a mi manera de ver comprendí enseguida que aquella pregunta le resultaba bastante comprometedora. A pesar de todo, dejó su lata medio aplastada sobre la mesa e inclinó un poco su espalda hacia mi posición, como si alguien más estuviese en el apartamento y no quisiese que oyese lo que iba a decir en ese momento.

—Sí y no —contestó casi susurrando.

Enseguida José advirtió mi desconcierto, y segundos más tarde continuó con la exposición.

—Mira, muchacho.

Ya parecía como resignado. Como cuando un soldado se rinde ante el enemigo. Entonces, se dejó caer en el respaldo de la silla, y, después de un largo suspiro, continuó:

—Como te dije hace un rato, tengo información privilegiada. Más de la que me gustaría tener, y mucho menos de la que tiene alguien que conozco. Sí, una persona igual que yo, que trabaja para el Centro Nacional de Inteligencia.

Momento por el cual José saca del bolsillo de su camisa un minúsculo papel muy meticulosamente doblado, y lo arrastra ante mí. Nuevamente, mi intuición, o lo que quiera que sea, volvió a aparecer para advertirme que debía simplemente cogerlo y meterlo en mi bolsillo del pantalón. Y tal fue lo que hice. Mientras tanto José no detuvo su explicación:

—Una casualidad que nos conociéramos. O, a lo mejor no. Fue en una fiesta de colegas de promoción. A partir de entonces nos hemos visto en varias ocasiones. Siempre guardando una exquisita garantía de que nadie nos siguiera. He aprendido mucho de esta persona, ¿sabes?

No había que ser un lince para saber que los datos de esa persona en cuestión estaban escritos en el misterioso papel, que ahora estaba en mi poder.

—Amigo. Nada es lo que parece. Y todo lo que parece, parece normal. Existen visitantes de otros mundos en los círculos de máximo poder de la élite. ¿Recuerdas cuando de pequeño tirabas una piedra al agua, y sobre la superficie del agua se hacía un gran número de círculos concéntricos cada vez más grandes? Pues bien, así es como funcionan estos círculos de poder, al cual yo mismo pertenecí. Cuanto más pequeño es el circulo, más poder tiene sobre los demás. Estos visitantes, que tú llamas extraterrestres, aunque realmente nadie es completamente de este planeta, no pertenecen ni siquiera al círculo más pequeño, sino que son la misma piedra.

—¡Dios! ¡Me estás diciendo que el mundo forma parte de una enorme manipulación extraterrestre!

José asintió con la cabeza. Y percibí en él cierta misericordia hacia mí.

—Pero… —en ese instante, yo tenía una mezcla de indignación, desasosiego y ganas de actuar— ¡Se podrá hacer algo, digo yo!

—Amigo, la piedra ya no se ve, se ha sumergido en las profundidades. Ha desaparecido a la vista. ¿Cómo luchar contra algo que está tan enormemente oculto a los ojos de todo el mundo, con una evolución e inteligencia miles de veces superior a la nuestra? Todos, absolutamente todos los habitantes de este mundo, de una forma o de otra, somos partícipes, consciente o inconscientemente. Representamos uno de los círculos hechos por la piedra. Toda la superficie de agua, hasta llegar a la orilla, se ha visto alterada de una forma o de otra. ¿Comprende ahora, muchacho?

—Entonces, ¿no hay nada qué hacer? —más que una pregunta fue como una espiración soltada al viento.

—Siempre hay algo que se puede hacer —saltó de forma rotunda. Y comprobé cómo su mirada comenzó a brillar de emoción.
Continuará...

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