Cap. 4 - Creo que mi vecino es un reptiliano



Después de todo lo ocurrido, ¿cómo no iba a interesarme por mi vecino José?, ¿a indagar más sobre su vida? Pero, ¿Cómo diablos lo hago? ¿Llamo a su puerta y le pido un poco de sal?, ¿o un par de huevos? Desde luego, huevos hay que tener para hacer lo que estoy haciendo. Lo sé, parece de risa todo esto, pero me he llevado noches enteras sin dormir, y cuando lo he conseguido las pesadillas me despertaban sudando. Ahora, gracias a Dios, estoy bastante mejor en ese aspecto.

Antes de que se me olvide, tengo que decir que ayer volví a ver a Laura, la hermana de mi amigo Edu. ¡Joder! ¡Qué buena está! Me tiene loco. Iba con una amiga, o al menos eso espero. Me saludó, y yo, como un gilipolla, le devolví el saludo. Debí acercarme y darle un par de besos, y tal vez habríamos entablado alguna de esas conversaciones estúpidas cuando no sabes qué decir, y quién sabe, a lo mejor hubiésemos quedado para tomar algo, aunque viniese también su amiga. Pero mis indecisiones me hacen perder las mejores oportunidades. Ya me advirtió mi abuelo: «el tren sólo pasa una vez».

Regresando a lo de mi vecino. Ahora me dedico a espiarlo. Sé cuándo entra, cuándo sale, incluso qué días de la semana se queda en casa. En fin, lo sé todo sobre él. Parece mentira lo que da de sí la mirilla de una puerta. Quién me lo iba a decir, parezco la vieja del visillo.

También he intentado en la red informarme un poco más sobre reptilianos. Existe mucha literatura por ahí. Alguna supongo que será falsa, y otra posiblemente no lo sea. He leído también sobre experiencias personales con estos seres, algunas son muy negativas, otras neutrales, y otras son vivencias positivas, todas en una proporción casuística similar. El tema está en ¿a quién creer, y quién no? ¿Serán todas verídicas? Esta es la cuestión. Como psicólogo que soy, o al menos estoy a punto de serlo, creo que de entre los individuos que dicen haberlos visto o tenido alguna experiencia con ellos debe haber un tanto por ciento de trastorno delirante, es decir, paranoia.

En fin, que me puse manos a la obra, y para buscar respuestas no se me ocurrió nada mejor que entrar en su apartamento saltando por la ventana del ojo de patio, que cuando hace buen tiempo he podido comprobar que la deja entreabierta. Aguardé paciente el día oportuno, aunque antes ya me encontré con mi vecino varias veces; juro que me esforcé para que fuese con la mayor normalidad posible. Creo que soy buen actor, ya me lo decían de niño, pues a menudo engañaba a mis padres cuando cometía alguna fechoría infantil.

Esa mañana falté a clase. Era mi tren, y si no lo quería perder como siempre debía actuar. De modo que agarré el martillo de la caja de herramientas, aunque reconozco que antes pensé en un cuchillo, pero me vino la desagradable imagen a la cabeza de tener que clavárselo y no me gustó, así que opté por defenderme a golpes, si era necesario. Además, llevo semanas con el cuchillo desafilado. Ni tan siquiera puedo cortar un tomate por la mitad, más bien lo estruja; tengo que añadir una piedra de afiliar a la lista de la compra.

Volviendo a lo nuestro. Con martillo en mano, me dispuse a saltar al ojo de patio pidiendo al cielo que ninguna de mis vecinas le diese por tender la ropa esa mañana. La cornisa y las tuberías de gas ciudad me ayudaron a conseguir, no sin temor de caer desde un sexto piso, auparme hasta el alféizar de la ventana de José. Previamente me cercioré que nadie había observando desde otra ventana; ¡me hubiese muerto de la vergüenza! Aquella situación ponía a prueba mis nervios; y quería entrar cuanto antes.

La claridad que entraba por la otra ventana me permitió llegar hasta el interruptor de la luz; y la encendí igualmente. Me temblaba todo el cuerpo. A simple vista parecía un apartamento normal, incluso yo diría que bastante mejor cuidado, ordenado y limpio que el mío. Aquello me dio vergüenza. Entonces comencé a registrar todos los muebles, los cajones, e incluso la cocina. Abrí el frigorífico, y tenía agua fresca, lácteos, fruta y mucha verdura. Pero lo que más me llamó la atención fue encontrarme con ¡latas de cerveza sin alcohol! ¿cerveza sin alcohol? Aquello me dejó cao. Seguí mirando en el congelador, y había almacenados filetes de pollo, cerdo troceado y algo de ternera; ¡ah!, y en otro cajón disponía de pan congelado. Comencé a tranquilizarme.

Todo parecía indicar que acababa de allanar el domicilio de una persona aparentemente normal, e incluso sana, diría yo. Por cierto, también me sorprendió ver los tres recipientes de colores para reciclar la basura. En ese momento me lamenté de haber invadido su intimidad.

Ya habían transcurrido más de veinte minutos, por lo que me sobraban casi cinco horas, justo hasta el mediodía, que era cuando mi vecino regresaba para almorzar. Entonces vi un viejo baúl bajo una de las dos ventanas que daban a la fachada exterior. Lo custodiaba un candado. Una parte de mi cabeza me decía «¡márchate ya!», y la otra me animaba a utilizar el martillo contra la anilla metálica: «nunca vas a tener otra oportunidad». De modo que opté por esto último. Un cosquilleo salía por mi estómago, una sensación que no era del todo mala, pero tampoco del todo buena, y que me recordaba a las travesuras de infancia que, aunque sabía que no estaban bien, al final terminaba haciéndolas, quizá por ese regustillo que te deja. Tal era lo que sentí en ese momento.

Así que tomé el martillo en mi mano derecha, lo alcé todo lo que pude, como si de “Thor en la batalla contra los gigantes” se tratase, con la intención de ofrecer un sólo golpe para no llamar la atención. Pero de repente, por mi cuerpo recorrió el mismo escalofrío que el día en que me lesioné el tobillo. Alguien desde atrás agarró mi muñeca; se trataba de mi vecino José.

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