Cap. 5 - Creo que mi vecino es un reptiliano

Me es imposible describir lo que sentí cuando giré mi rostro. Sólo puedo decir que noté como se me humedecía la entrepierna, ¡vamos, que me había meado en los pantalones! Sí, igual que un mal sueño de esos que se tiene, o al menos yo los tengo. Sin embargo, esta vez no era ninguna pesadilla. Sentía cómo me apretaba el brazo con su mano, al punto que me lo dejó totalmente inmovilizado. De modo que no tuve más remedio que soltar el martillo, mi única defensa.

—¿Por qué haces esto? —me preguntó enfurecido, ya cuando me había liberado.

No supe que contestar. Me quedé tan paralizado que no podía articular palabra. Jamás me había sentido tan ridículo, ni tan avergonzado. Lamentable situación cuyo comportamiento me hacía parecer un niñato que intenta robar en casa ajena, para luego vender al mejor postor y así tener pasta para comprar sus “mierdas”. Sí, me sentía como una especie de caricatura de mi propia persona.

—¡Anda, coge tu martillo y lárgate de mi casa!

—Yo, yo… —era lo único que me salía por la boca.

Me abrió la puerta y para mi desconcierto me ordenó:

—¡Regresa cuando te duches, y te cambies de ropa!

Sólo le faltó cogerme de la patilla y darme una patada en el trasero, al igual que a un crío cuando comete alguna trastada. ¿Regresar? ¿Para qué? Cómo iba yo a querer volver si estaba cagado de miedo. Ese tipo me inmovilizó como hace una serpiente con su presa. Y no me refiero físicamente, que también lo hizo al agarrarme del brazo, sino mentalmente. Si yo hubiese intentando forcejear para golpearle la cabeza con el martillo, no lo hubiese conseguido, pues me dejó tan paralizado que no pude hacer nada. Es como si de alguna manera lograse controlarme a su antojo.

¡Madre mía! No me orinaba encima desde que tenía siete años; recuerdo que mojaba la cama casi todos los días. Sí, a la santa de mi madre la tenía desesperada. Hasta que un día optó por una medida drástica: me levantaba a las tres de la mañana para que hiciera pis. Y reconozco que aquello funcionó.

Volviendo a lo anterior, regresé a mi apartamento como un perrillo asustado, con el rabo entre las piernas. Me encontraba agotado, muy confuso y desorientado, como nunca había estado. Al igual que si estuviese sobre la cubierta de un pesquero en alta mar, en medio de una tempestad. Es extraño sentirse así. Algo me dice que José me indujo aquel estado físico y mental. Supongo que será algún tipo de poder psíquico o algo así, para la defensa personal.

Logré ducharme. El agua tibia me sirvió para tranquilizarme. Tenía un hambre terrible, pero mi cuerpo me pedía azúcar, mucha azúcar, de modo que cogí lo primero que tenía a mano: tal era un bote de helado de tarta de queso, me fascina. Y comí hasta que mi estómago se llenó. Aquello hizo sosegarme todavía más, y poco a poco conseguí volver a un estado normal.

De haber querido, José me hubiese aplastado sin esfuerzo, descuartizado y luego desintegrado con ácido, pero no lo hizo. Ni siquiera llamó a la policía. Cualquiera hubiera denunciado la situación. No lo entiendo, no consigo comprender nada. Y lo más absurdo de todo es que me dijo que regresara. Pero ¿para qué? ¿Acaso el trabajo aún está por terminar y es ahora cuando quiere acabar conmigo? No, no tiene ningún sentido.

Pasaron dos horas. Ya en frío, mi cabeza pensaba con normalidad. Le daba vueltas a todo lo que había ocurrido. En cómo iba yo a reaccionar cuando me lo encuentre de nuevo, cosa que no tardará, puesto que su puerta está justo al lado de la mía. Seguro me ruborizaré, y sentiré una vergüenza terrible, y entonces tendré que vivir con esa sensación toda mi vida, o al menos hasta que consiguiera mudarme a otro lugar, lejos de aquí.

No, no soy una persona de esas, de las que huyen sin más. Al menos voy a disculparme por lo que hice. Y hacerle saber que estoy muy avergonzado, y muy arrepentido por lo que hice. Le debo una explicación. ¡Uf, una explicación! ¿Cómo coño me voy a presentar ante sus narices para decirle que lo único que trataba era de averiguar si es un reptiliano? Si no lo es, me tomará por un auténtico chiflado, y si lo es, tal vez no desee que yo lo sepa. No sé qué hacer.

Ya lo tengo, le diré que por su extraña personalidad creí que era un terrorista, o mejor aún, un camello, y que por eso intentaba abrir su baúl. Me parece que no suena muy convincente, pero es mejor que lo anterior; no sé si con esto lo arreglaré o acabaré por estropearlo aún más. Después, intentaré estrecharle la mano para ofrecerle mis disculpas. Lo cierto es que no espero que me perdone.

Bueno, he decidido que en cinco minutos voy a llamar a su puerta, a ver qué tal. Después de todo, él mismo ha sido quien me ha invitado a volver.
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