Cap. 6 - Creo que mi vecino es un reptiliano


Tan rápido llamé a su puerta José me abrió. Parecía estar esperando detrás. Aquello me sobrecogió de tal manera que por la cabeza se me pasó salir corriendo como un chiquillo, pero no lo hice. Su misteriosa mirada parecía tener el poder de retenerme. Desde el umbral de la puerta alargó el brazo hacia el interior. Ya no había vuelta atrás. De manera que entré como el que entra en el corredor de la muerte, con la única esperanza de que todo aquello acabase cuanto antes.

Me invitó a sentarme en torno a una mesita redonda de comedor, cuyo hule ajustable parecía recién estrenado; aún olía a plástico. Él hizo lo mismo. El sol, que accedía desde una de las ventanas, me acariciaba los pies, en ese momento lo sentí como mi único aliado.

—¿Quieres tomar algo? —me dijo señalando el frigorífico, que tenía a su izquierda.

Tímidamente contesté que no. De una jarra llena de agua, él se llenó uno de los dos vasos de cristal que había sobre la mesa. Y una vez tomó un trago me preguntó de forma sosegada:

—Y bien, ¿qué quieres?

—No, yo… yo… —se me trastabillaba la lengua.

La seguridad en sus gestos me puso aún más nervioso, tanto que las piernas comenzaron a temblarme.

—Quiero disculparme por lo que he hecho —logré pronunciar todo de golpe.

—No estás aquí para eso —objetó mi vecino.

Entonces, de repente, echó mano a un pequeño cajón de la mesa. Yo, sobresaltado y con el cuerpo lleno de miedo, me arrastré con la silla hacia atrás. José sonrió y de inmediato me enseñó el objeto que había sacado del cajón, tal era un simple bolígrafo Bic.

—Tranquilízate, o te mearás de nuevo en los pantalones —decía con media sonrisa, mientras jugaba con el boli dándole vueltas sobre la mesa—. No voy a hacerte daño, no estoy aquí para eso. Y tú tampoco estás para disculparte, ¿verdad? Aunque acepto tus disculpas.

Sus palabras me sobrecogieron, y he de decir que también me tranquilizaron. Fue como si al fin tuviese compasión conmigo, y su personaje terminase de actuar en aquella escena de terror.

—Bien, muchacho. Germán, te llamas Germán, ¿no es cierto? Y cursas el último año de Psicología. Tus amigos son Ernesto y Edu, y de este último te gusta su hermana. Te diré una cosa, muchacho, olvídate de ella, es lesbiana.

Si antes estaba sobrecogido, ahora lo estaba aún más. Me asombró que supiera tanto de mi vida.

—Realmente lo sé todo sobre ti —prosiguió— y sobre todos los vecinos de este bloque.

Era como si al mismo tiempo leyera en mi cabeza lo que estaba pensando en cada instante. ¿Quién coño era este tío? Acaso un agente especial del gobierno, con alguna extraña capacidad psíquica. Tardé más de tres cuartos de horas en saberlo.

Mientras tanto él continuaba su explicación:

—También sé por y para qué entraste en mi apartamento, y desde cuando has mostrado interés sobre mí.

A menudo José dirigía la mirada hacia el bolígrafo que daba vueltas sobre la mesa, pero no me quitaba ojo de encima, aunque lo hacía con cierto aire despreocupado, como si de ante mano supiera que aquel joven con cara de asustado que tenía frente a él no le supondría ningún peligro. Digamos que de alguna manera intuía que yo era de esas personas reservadas que jamás se iban de la lengua. O al menos eso era lo que yo sentía, o, mejor dicho, eso era lo que él de algún modo me hacía trasmitir.

—Bien, antes que nada… —y volvió a meter la mano en el cajón.

Esta vez, extrajo de él una especie de pequeña urna metálica, como de acero inoxidable, y acto seguido, sin mediar palabra alguna, introdujo su smartphone. Luego lo arrastró despacio sobre la mesa hasta ponerlo frente a mis narices. No hizo falta palabra alguna, su gesto lo decía todo, e hice lo propio con mi móvil, no sin algo de inquietud por mi parte.

Una vez cerró aquella extraña caja, prosiguió:

—No te preocupes, te lo devolveré después. Desconocéis cuánto de espiados estáis con estos artilugios —aseveró de forma tajante.

A su vez cogió el cofre y lo introdujo en la zona de congelación del frigorífico. Y volvió a sentarse.

—Ahora te lo contaré todo. O por lo menos todo lo que has de saber.

Hizo una pausa como si estuviese desfragmentando su cerebro.

—Somos muchos repartidos por el mundo —dijo al fin—. Algunos luchamos por la causa, y otros por que la causa no se lleve a cabo. Sin embargo, todos tenemos en común que vivimos entre las sombras. Sí, actuamos de manera muy sigilosa, para tratar de anteponernos a los acontecimientos según los intereses. La gente no sabe que se encuentra viviendo en medio de una guerra, pero no una guerra cualquiera de la que acostumbráis a ver en los telediarios, no, sino una guerra invisible, a la que la gran mayoría de humanos no estáis invitados.

«¡Dios! Estaba yo en lo cierto» pensé. «Estoy ante una especie de agente doble o algo por el estilo». En ese momento de excitación me emocioné al pensar lo afortunado que era al estar frente a una persona de estado tan importante, y que encima me contara sus secretos.

Mientras yo divagaba en pensamientos de ficción de novela negra, José prosiguió hasta hacer acallar de un solo golpe mi mezquino razonamiento, propio de una mente adoctrinada como era la mía.

—Y sí, tal como habíais pensado Ernesto y tú, soy de naturaleza reptiliana.

La boca se me secó de repente. Tomé la jarra y llené mi vaso de agua hasta arriba, teniendo la seguridad de que más adelante me iba a ser falta.


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