Cap. 7 - Creo que mi vecino es un reptiliano



Lo primero que se me vino a la cabeza es que aquel hombre de aspecto aseado y semblante serio me estaba tomando el pelo. Quizá lo único que pretendía era darme una lección y asustarme hasta el punto de que no volviese a meter las narices en sus asuntos. Era lo más lógico, teniendo en cuenta que me pilló con las manos en la masa, y que un papafrita como yo consiguiera descubrir a todo un agente doble del estado. Supongo que todo esto le resta credibilidad y puntos a la hora de que valoren su trabajo.

Incluso pensé que lo más probable es que José pusiera algún tipo de micrófono en mi apartamento, de ahí que conozca la conversación que Ernesto y yo mantuvimos el otro día. Es lo que hacen en las películas.

Sin embargo, inmediatamente después, me demostró la autenticidad de sus palabras.

—Me has caído bien —dijo con una parsimonia escalofriante.

Yo, por si acaso, comprobé a mi alrededor alguna alternativa de escape. Nunca se sabe con que tipo de degenerados mentales te puedes encontrar. Al parecer, no es la primera vez que un paciente con trastornos graves intenta asesinar a su propio psicólogo, y aunque esta no sea la misma situación quise asegurarme una vía que al menos me garantizara poder pedir auxilio. Miré hacia la puerta del apartamento, que estaba justo a las espaldas de José, pero me parecía demasiado alejada de mí. Además, tendría que pasar por su lado, lo que me daba muy poca opción de salir cagando leches. De manera que me quedaba las dos ventanas. La que estaba a mayor distancia, a mi derecha, se encontraba entre abierta, y algunos rayos de sol se colaban por ella, lo cual me daban cierta esperanza. La que estaba a mi espalda, que era por donde accedí, se hallaba completamente cerrada. Pero quería tener más posibilidades, por lo que hice como si la temperatura estuviese algo elevada, estirándome el cuello de la camiseta.

—¿Podría abrir esta ventana? —le dije señalándola y haciendo aspavientos de calor con la otra mano.

José se limitó a asentir con la cabeza. De inmediato yo me levanté y abrí de par en par la ventana que estaba detrás de mí. Aquello me dio algo más de confianza.

Parecía tener José todo el tiempo del mundo, y no comenzó a hablar hasta que yo no estaba completamente acomodado en mi asiento. Me miró fijante y dijo:

—Tienes miedo. Mucho miedo. Ese es el problema de los humanos. ¿Sabes? Hay quienes lo utilizan para teneros bajo control. Pero bueno… ahora dime, ¿qué quieres saber?

Giró levemente su cuerpo hasta que quedó enfrentado al mío, y después puso los dos brazos sobre la mesa como si esperase un interrogatorio por mi parte.

Mi desconcierto fue absoluto, ya que no esperaba esa disposición tan afectiva y cercana. De manera que comencé a preguntar, eso sí, con algo de timidez, todo lo que me rondaba por la cabeza que, si era verdad que él me leía los pensamientos, ya sabría de ante mano.

—¿Es cierto lo que dices? En fin… que eres… reptiliano.

Reconozco que me sentí bastante absurdo e incómodo haciendo esa pregunta. Pero si era algún tipo de broma quería, de una vez por todas, salir de esa estúpida incógnita que me tenía algo intranquilo.

De inmediato, extrajo José una pequeña linterna del cajón y me la ofreció en la mano. Luego se incorporó por sobre encima de la mesa, poniendo su rostro a escaso dos palmos del mío.

—Enciéndela —me dijo.

Después, cerró sus ojos durante unos segundos, como si se estuviese concentrando. De repente los abrió y me ordenó que los apuntase con la linterna. Yo lo hice. Y al instante vi como los iris de ambos ojos se transformaron en una línea vertical. Su frente comenzó a sudar. Y esta vez yo también por el susto que me llevé, que casi me hizo caer de espalda.

Apenas quince segundos después, y aún con los ojos en forma de reptil, algunas zonas de su rostro fueron cogiendo una tonalidad verdosa, hasta que comenzaron a salirle como escamas. Fue entonces cuando José sujetó mi mano temblorosa y la pasó suavemente sobre la piel transformada.

Si un paciente me llega contando la vivencia de una historia similar, con total seguridad le hubiera dado por un caso perdido. No hubiese pensado en otra cosa más que en la completa locura del pobre hombre o la pobre mujer. Sin dilación alguna le habría enviado directamente al psiquiatra, para que le recetara algún medicamento fuerte. Sin embargo, esta vez era distinto, porque yo mismo lo había visto con mis propios ojos.

Sin duda, José tuvo que hacer un esfuerzo tremendo para asegurarse de deshacer mi escepticismo. Por mi parte, yo no pude salir hasta mucho después de la más absoluta perplejidad. Tengo que reconocer que aún lo estoy digiriendo. Como decía, una vez José volvió al estado humano, secó el sudor de la frente y nuca, cuyo olor nauseabundo que desprendía me recordaba al de un ave cuando humedece sus plumas. Tal vez más desagradable aún.

Una vez hubo normalizado la respiración, que por segundos le fue acelerada anormalmente, se dirigió a la estantería de la cocina y esparció en la estancia un poco de ambientador. Gesto que agradecí enormemente.

Sin embargo, una cuestión surgió de repente en mi cabeza: ¿qué le movía tanto interés porque yo conociese su verdadera naturaleza? Más tarde supe el motivo.

—Hacer esto supone un verdadero esfuerzo cuando uno no está en forma —expresó al tomar de nuevo su asiento.

—Pero —salté de inmediato—, pareces tener un físico bastante aceptable.

—No es la forma física a la que me refiero. Se trata de la mente. Nuestra obligación es mantener una buena forma en lo referente al control psíquico. Pero eso es algo que hay que entrenar. Al igual que se cultiva el cuerpo físico ejercitando los músculos, nosotros lo hacemos a nivel mental. Al menos debemos hacerlo.

Yo estaba completamente atónito. No sabía ni por donde comenzar.

—Pero entonces… es verdad que…

—Sí, es cierto. Soy de naturaleza reptiliana.

—Pero… —era lo único que me salía por la boca.

—No —contestó antes de que yo preguntara— no soy extraterrestre. Soy tan de este planeta como tú.

Me sentía como un crío cuando presta atención a las increíbles historias de su abuelo. Tal era mi estado.

—Necesito una cerveza —dijo de repente—. ¿Quieres una? Es sin alcohol.

—Sí, por qué no.

Aunque inmediatamente después pensé que me vendría mejor una cerveza normal, es decir, algo de alcohol me ayudaría a realizar una digestión mental tan pesada como el cocido de garbanzos de mi madre.

—Si tienes hambre —me sugirió—, en el frigorífico…

—No, no —salté enseguida—. Es solo una forma de pensar.

Olvidé que debía tener cuidado con lo que imaginaba. José continuó hablando.

—Comprendo. Todo esto es algo que escapa a vuestra comprensión de la realidad.

—Tengo una curiosidad —le interrumpí—. Si para transformar tu cuerpo necesitas tanto esfuerzo, ¿por qué mi amigo Ernesto lo vio convertirse en el ascensor?

—Es muy raro que ocurra, pero hay ocasiones en las que una serie de circunstancias se dan a la vez, en el mismo espacio de tiempo. Es entonces cuando se da lo que nosotros denominamos una anomalía cuántica. Es casi imposible de pronosticar, ya que los factores son completamente indeterminados. Para evitar correr riesgos, disponemos en la actualidad de una especie de antídoto nanotecnológico que contrarresta tal anomalía, y que debemos tomar justo antes de alguna retransmisión o acontecimiento importante donde haya mucha afluencia de público; por ejemplo, al dar una conferencia o charla multitudinaria. Aunque no es cien por cien fiable. Además, dependiendo de otros tantos factores puede tener efectos secundarios. Una vez recuerdo que me dieron espasmos por todo el cuerpo, que tuve que achacar a un estado griposo.

—Por lo que deduzco —enseguida salté— que detrás de todo esto existe una organización que no desea ser descubierta. ¿Por qué? ¿Cuál es el propósito?

El sol comenzaba a desvanecerse. Sus rayos pasaron de largo, y dejaron de abordar la superficie de la estancia a través de la ventana. Sin embargo, sentí que ya no necesitaba su protección, su calidez. José comenzaba a inspirarme afecto y cierta simpatía, como si descubriese en él una nueva amistad. Cosa que a él mismo pareció agradarle. Ya era medio día, y la tarde tenía todos los ingredientes para ser extensa, por lo que utilizando el teléfono fijo inalámbrico encargó una pizza Margarita, que quiso compartir conmigo para almorzar.
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