El Amor que recibimos a diario es tan grande que, a pesar de destruir la naturaleza, vivir en guerras, generar pobreza y miseria generalizada en vastas extensiones del planeta, se nos permite vivir en éste como si todo estuviera bien.
Hasta ahora, eso sí, pues todas las cosas tienen un límite y hemos llegado al final del camino. La mayoría de las personas está ciega frente a las señales que cada vez, con mayor intensidad, nos deberían hacer ver que vamos por el camino equivocado.
La crisis financiera no es pasajera ni se originó exclusivamente por el tema de las viviendas en Estados Unidos. Se trata de un problema sistémico, con raíces en las concepciones filosóficas de hace 100 ó 200 años, las que claramente se hicieron inadecuadas frente a la realidad actual.
La realidad es mucho más vasta y compleja de lo que podemos aprender. Pero, al menos, la más obvia y que se despliega ante nuestros ojos con cada vez mayor nitidez es el hecho de que estamos llegando a los límites de la capacidad de carga del planeta. No sólo los combustibles fósiles pondrán en jaque el bienestar y supervivencia de millones de personas, sino un sinfín de indicadores, tales como la disponibilidad mundial de agua y de granos, la sobreexplotación de las pesquerías, la sobrepoblación mundial, etc.; lo que, sumado a un cambio climático global en marcha, hacen prever en el corto plazo algo así como “la tormenta perfecta”.
¿Y qué hemos hecho al respecto? Vivir como si nada extraño sucediera. La Tierra está a punto de hacer un gran cambio y nosotros deberíamos cambiar con ella: pertenecemos a la Tierra, ella no nos pertenece. Probablemente, todo nuestro error podría resumirse en esa posición equivocada.
Escucho y veo a los políticos, empresarios y líderes religiosos y me parece como si los hubieran sacado del siglo XIX. Todo lo que expresan tiene origen en concepciones de hace 100, 200 o más años. El planeta está a punto de cambiar de piel y, al no darnos cuenta de ello, lo que estamos haciendo es vivir en el pasado, ni siquiera en el presente. Ni hablar de adelantarnos al futuro: está fuera de nuestra escasa comprensión mental y de nuestro cerrado y tristemente hermético corazón.
Quizás por eso el Cristo dio su vida en el Gólgota expresando a su Padre: “perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Y es eso, no tenemos idea de lo que hacemos. Somos seres diminutos acabando las reservas de nuestro pequeño hogar, y pareciera que todos están de fiesta.
El problema es que se nos puede perdonar una y otra vez, pero el karma -es decir, la suma de nuestras acciones- no lo hará. Y todas las cuentas se pagan, tarde o temprano. Eso es inexorable.
Abramos nuestros corazones, dejemos pasar la luz que inunda el planeta para que ilumine nuestra comprensión y preparémonos para los cambios que vienen. La crisis financiera es sólo el comienzo.
Mundo Nuevo
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